Aadan (Concurso cuento-redacción «Migración. Mar de oportunidades» del FECAM curso 2021/2022)

Kenia… Lugar de guerras, turismo sexual, trabajos forzados, tráfico de personas… Ahí nació Aadan, el 3 de junio del 2000, o eso dicen, donde creció junto a su madre y su hermana Naina, en el barrio de Kibera. Su casa era muy humilde, no tenían ni luz, ni agua corriente. Para comer se las arreglaban con una barra de pan al día y el pozo más cercano para recoger agua se encontraba a 10 kilómetros de su casa. Aadan tuvo una infancia dura, desde muy pequeño vivió guerras, pasó hambre y pobreza, andaba descalzo como los demás niños, pero tenía algo diferente, la pasión por el fútbol. Él, según cuenta su madre, no podía ir a ningún lado sin su pelota desinflada y su camisa rota de Roger Milla. Un día, volvió a casa después de recorrer los 20 kilómetros diarios para ir a recoger agua y se encontró una imagen desoladora: los soldados habían entrado a su casa, amordazaron a su madre y hermana y le arrabataron el último trozo de pan que les quedaba. Cuando vieron a Aadan, rápidamente lo agarraron, lanzándole al piso y quitándole el agua que tanto le había costado conseguir. Seguidamente se fueron pegando tiros y gritando. Él y su familia se quedaron atónitos, con una mezcla de tristeza y rabia que les carcomía por dentro. Con trece años empezó a trabajar cuidando el ganado que tenía su tío, cobraba 126 chelines a la semana, lo que equivale a un euro. Trabajaba ocho horas diarias de lunes a viernes. Y lo hizo durante 5 años más. Un día, caminando por las calles del barrio, se le acercó un señor extraño,
trajeado, con una oferta; por 5000 chelines le daba unos billetes para salir de ahí. Por fin, pensó, podré salir de aquí y seguir mi sueño, sacar del país a mi familia y ser futbolista. Lo que no sabía es que ese extraño pertenecía a una mafia. Cuando llegó a su casa le contó la noticia a su madre y ésta, de la emoción, se echó a llorar, pero entre lágrimas recordó que no tenían tanto dinero. Aadan, consciente de ello, decidió que iba a trabajar todo lo que hiciese falta para conseguir ese dinero. Estuvo trabajando durante un año más en tres trabajos diferentes y… “ALELUYA”; después de tanto trabajo, sufrimiento, hambre y miserias, lo consiguió. Fue al mismo lugar y a la misma hora donde se encontró al señor bien arreglado por primera vez y allí estaba. Con el mismo traje, los mismos zapatos y el mismo maletín. Se acercó a él e inconsciente le recordó su nombre y la oferta que le había propuesto hacía más de un año. El hombre lo recordó. Juntos fueron al muelle donde se encontraba aquel “barco” y efectivamente era un barco, pero de “papel”. Aadan le preguntó atemorizado si era seguro, su respuesta fue que sí, que no encontraría un bote mejor preparado y seguro que ese. Preso de su ignorancia, le dio el dinero que tanto le había costado conseguir. Se subió a ese bote junto con 149 personas más rumbo a una mejor vida. En el primer día de viaje todos continuaban vivos. Algunos tenían hipotermia por la falta de abrigo, otros deshidratación pues no habían probado gota desde hacía semanas, algunos vómitos debido al mareo provocado por el mar revuelto y luego habían personas que tenían todas y cada una de las cosas anteriormente nombradas. Al tercer día se encontraron en medio de una tormenta con olas de 10 metros, esas olas un verdadero barco las pasaría, pero era un bote pequeño, que albergaba a 150 personas en su interior, como era de esperar, lastimosamente unas 50 personas perdieron sus vidas. En ese momento 50 madres perdieron a sus hijos, 50 hijos e hijas se quedaron sin sus padres y ese momento se quedaría grabado en la cabeza de los que sobrevivirían. En aquel bote se encontraba Abasi, un joven de 19 años. Nació y creció en Eastleigh, un barrio peligroso de Kenia. Se quedó huérfano con 2 años y fue criado por su tía Alika, que en ese momento tenía 46. El mayor sueño de Abasi era jugar al baloncesto y sacar a su tía de aquel barrio. Aadan y Abasi se hicieron muy buenos amigos, se contaron sus vidas, sus sueños y sus desgracias. Al quinto día a casi toda la tripulación, incluido Abasi, les empezó a doler la barriga cada vez más y más, al cabo de unos minutos empezaron los vómitos y al cabo de un par de horas más da la mitad de la tripulación perdió la vida por un virus de estómago, causado por las malas condiciones del alimento que tenían en aquel bote. Aadan con lágrimas en sus ojos y el alma rota juró, con Abasi entre sus brazos, que si salía vivo de ese
infierno, haría lo que hiciese falta para conseguir sacar a su familia y a Alika de la pobreza. Con dolor en el corazón y con una despedida amarga, Aadan, junto a los que sobrevivieron, tuvieron que lanzar al mar los cadáveres, porque ocupaban mucho hueco. Al día siguiente, al despertar de lo poco que pudieron dormir, alguien gritó:

-“¡TIERRA, TIERRA!”.

Aadan se tiró al agua inmediatamente y empezó a nadar como podía. Al llegar a la playa vio que, como él, había 50 personas más. Personas con familias como la suya, vivencias como las suyas, sueños como los suyos y que han pasado desgracias parecidas a las suyas. En esa playa les estaban esperando desconocidos con ropa blanca y roja, que se hacían llamar como “La Cruz Roja”. No sabía quiénes eran, ni entendían lo que decían, pero les estaban dando agua y comida, así que les daba igual quiénes fuesen. En ese momento, llegaron más extraños, esta vez con uniformes azules y coches con sirenas. Estos extraños se llevaron a las personas de esa playa a unos hoteles de la zona. Aadan y sus compañeros de habitación no se conocían de nada, pero poco a poco empezaron a entablar conversaciones y a coger confianza los unos con los otros. Uno quería ser escritor, otro músico, otro convertirse en un pintor famoso, otro cantante, pero todos tenían algo en común. Todos habían emprendido ese viaje para sacar a sus familias de la miseria. Al cabo de un tiempo, viviendo encerrados en aquel hotel y reclamando sus papeles, al fin consiguieron ser libres. Cuando salieron de allí, cada uno cogió diferentes caminos para conseguir lo que tanto deseaban. Aadan se fue a un centro de jóvenes ubicado en Tenoya, en Las Palmas de Gran Canaria. Allí empezó a estudiar, y al cabo de un tiempo, lo fichó un equipo de fútbol, y unos meses después consiguió traerse a su madre, a su hermana y a Alika, tía de Abasi.
Ahora son felices los cuatro en un piso de Tenoya.

Aimar Santana Palencia.
1 Bachillerato CC-SS

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