Mi nueva vida (Concurso cuento-redacción «Migración. Mar de oportunidades» del FECAM curso 2021/2022)

Era martes, 24 de noviembre de 1948. Las tropas franquistas acababan de llegar a Canarias. Mi madre oyó a los soldados llegando a casa y me dijo que cogiera lo mas importante, y que lo hiciera rápido. Yo, asustado y sin saber que decir, cogí un par de prendas de ropa y algunas mantas. Se había hecho de noche. Mi madre me dijo que tuviera cuidado y que no hablara muy alto. Entonces fuimos al pequeño puerto que estaba al lado del pueblo. Allí cientos de personas se agrupaban a la espera de un barco. Sus semblantes representaban el miedo y el terror de no saber qué podía pasar. En ese momento mi madre me dijo:

-Hijo mío, no te preocupes, tú debes estar tranquilo, todo va a salir bien, esto es un nuevo comienzo para nosotros.

Eso que mi madre llamaba “nuevo comienzo” era la salida del país a otro por culpa del régimen franquista. Yo, incrédulo con la situación, lo único que pude hacer era asentir con la cabeza lo que me había dicho. Entonces, decidimos esperar hasta que llegara un barco. Pasaron las horas hasta que escuché a un hombre decir:

-¡Aquí quedan los últimos dos asientos!


En ese momento, mi madre me agarró del brazo y nos subimos al barco lo más rápidamente posible. Las condiciones del viaje fueron muy malas, las mareas eran muy fuertes, el barco estaba lleno de suciedad, la comida y la bebida eran
escasas. Además, nuestra higiene era muy mala, las persona olían muy mal y había vómitos de las personas que se mareaban. Después, de un trayecto de mas de seis meses llegamos a Venezuela. El barco atracó cerca de un puerto
que se llamaba “Puerto de Garupano”. Allí el capitán del barco nos dijo que nos bajáramos rápido y que buscáramos un sitio dónde escondernos. Entonces mi madre y yo nos bajamos rápidamente y pensamos:


-Vamos a escondernos en esta cueva hasta que se vaya la policía – dijo mi madre.


-Si, tienes razón, – le respondí yo.


Después de media hora, cuando ya no había nadie, decidimos salir y buscar un lugar donde refugiarnos. Mi madre sorprendida me dijo:

¡Mira allí! Señalando un pueblo a lo lejos.

-¡Es verdad! Dirijámonos hacia allí – le respondí yo.


Al llegar al pueblo fuimos casa por casa pidiendo acogida para dormir al menos esa noche, pero la gente nos decía que no tenía dónde alojarnos e incluso nos miraban con cara de rechazo. Pero justo cuando nos íbamos a marchar en busca de otro lugar, oímos la voz de una mujer que nos decía:

-¡Eh! ¿Dónde vais a estas horas de la noche? Venid, yo os haré un hueco para que os quedéis.

Entonces decidimos mirar quien nos estaba llamando, era una señora llamada Maribel, que amablemente nos estaba invitando a entrar a su pequeña casa. Nosotros casi entre lágrimas fuimos a darle un abrazo, y ella sorprendida dijo:


-No hace falta, es lo que haría cualquier persona por solidaridad.


Al cabo de un rato entramos a su casa, donde Maribel nos contó que nadie debía enterarse de que estábamos viviendo con ella, ya que, si se llegaran a enterar, la podrían detener e incluso matar. Nosotros incrédulos le preguntamos a Maribel por qué le podría llegar a pasar eso y ella nos contó que en 1948 se había producido un golpe de estado en el país y que la gente que lo controlaba ahora veía a los inmigrantes españoles como personas ilegales.
En ese momento mi madre se levantó y me dijo:

-Vámonos, no le queremos causar problemas a esta amable señora.


Maribel se levantó y respondió:


-¡Ni os mováis! Me da igual el peligro, voy a ayudaros.


Mi madre empezó a llorar de la desesperación y Maribel y ella se enzarzaron en un emotivo abrazo. Esa noche casi no conseguimos dormir.

Al día siguiente, nos levantamos y fuimos, camuflados, a buscar comida y agua. Tuvimos que ir de madrugada ya que los policías a esas horas no solían estar por las calles. Por la tarde Maribel nos compró un par de prendas de ropa, para
que pudiéramos usar ropa limpia durante un par de días. Al llegar la noche, Maribel nos contó la noticia de que ya había rumores de que tenía a personas ilegales en su casa. En ese momento, decidimos que ya nos habíamos aprovechado bastante de ella y decidimos marcharnos de madrugada del pueblo, para que nadie nos viera. Llegadas las cuatro de la mañana, cogimos nuestras cosas y algunos regalos que nos hizo Maribel. Cuando estábamos a
punto de marcharnos del pueblo, oímos una voz detrás nuestra:

-¡Oye!, ¿Dónde vais a estas horas de la noche?


Era un policía que nos había visto. Nosotros respondimos:


-Íbamos a buscar agua porque se nos ha agotado.


El policía, al oír nuestro acento, se dio cuenta de que éramos canarios, por lo que nos vino a arrestar. Mi madre forcejeó con él, y me dijo:

-¡Corre, huye tú!


En ese momento, corrí efusivamente. Al cabo de media hora, encontré una pequeña cabaña abandonada donde esconderme y pensé que lo mejor era volver al pueblo para contarle a Maribel lo que nos había pasado. Después de
buscar durante más de una hora, encontré el pueblo y, sigilosamente, toqué a la puerta de la casa de Maribel. Cuando ella me abrió me preguntó:

-¿Qué haces aquí solo?


Y yo le contesté:


-¡Se han llevado a mi madre, ayúdame!


Ella me pidió que me tranquilizara y que le contara qué había pasado. Yo se lo conté y me dijo que me quedara allí a dormir y que, al día siguiente, ya lo solucionaríamos. Por la mañana Maribel me enseñó el periódico en el que aparecía mi madre. Entonces Maribel y yo pensamos que debíamos montar una huelga para protestar por lo ocurrido.

Decidimos contactar con otros inmigrantes de Canarias a Venezuela para que apoyaran nuestra movilización. Al día
siguiente, nos desplazamos más de cien personas a la Plaza Altamira, y fuimos andando a gritos de “¡Libertad para los presos españoles!”.

Al rato vinieron patrullas de policía y nos obligaron a marcharnos o nos detendrían a nosotros también. Desolados y sin ninguna otra escapatoria, nos tuvimos que ir de vuelta al pueblo.

Al día siguiente, nos llegó una carta del gobierno que ponía que la única posibilidad de sacar a mi madre de la cárcel era devolviéndonos a ella y a mí a España. Le pregunté a Maribel qué debía hacer y ella me dijo que aceptara, que
era lo mejor para todos. Esa misma tarde mi madre llegó al pueblo junto a la policía. Al instante de vernos, nos fundimos en un fuerte abrazo, pero el policía terminó con nuestra felicidad al contarnos que nos teníamos que marchar rápidamente hacia el barco. No pudimos evitar mirar a Maribel y echarnos a llorar, ya que la íbamos echar mucho de menos. Le pedimos que nos mandara cartas para que pudiéramos seguir en contacto y nos despedimos de ella. Al llegar la noche el barco zarpó rumbo a Gran Canaria, donde nos espera una nueva vida marcada por la posguerra española.


Daniel González del Rosario
Primero de Bachillerato de Humanidades
IES Feria del Atlántico

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