Mientras la luna brilla (relato ganador del concurso cuento-redacción «Migración. Mar de oportunidades» del FECAM curso 2021/2022)

El hogar es algo tan cálido como el amanecer, el sol sale y da calor a todo aquello que la noche no pudo dar. Hogar, es más que eso, es una sensación de felicidad con las personas que nos quieren, y nos rodea, todo aquello que te recuerda estar en casa, una comida, el olor de la tierra en que naciste o incluso un abrazo; da igual lo que sea aquello
que recordamos, siempre será nuestro hogar, y eso se lleva en el corazón.


Jamás, nadie imaginó que estaríamos sentados sobre un barco tan pequeño, en la que esta guerra nos despojaría de nuestro hogar, llenos de angustia, desesperación, miedo y, sobre todo, supervivencia. Unos, intentando correr antes de que su barco, su única esperanza, se perdiera en el horizonte; otros, que ya habían elegido su destino, se despedían de sus seres queridos ya subidos en el barco del horizonte, donde ambos corazones se alejarían tanto, que la única esperanza que los engañaban era “volverse a ver”, aunque los dos supieran que eso nunca pasaría. Sin embargo, a veces tienes que engañarte a ti mismo para poder salvar una vida, ya sea la de tu hijo o tu madre. Siempre en las guerra se pierde algo, incluido una parte de ti muere, si has visto lo suficiente para poder renunciar a ella, pero ese todavía no era mi caso.


Mi familia seguía viva, sé que lo está. Mi esperanza todavía no ha muerto, en esta ocasión la necesitaba, igual que el abrazo de mi madre. Cuando ella me lo dé sabré que mi hogar nunca se destruyó, y construiremos uno nuevo -pensaba-. Pero nunca sabes que puede pasar en un viaje en barco con tantas personas desconocidas, sin comida, sin
una manta o algo para calentarte durante la noche fría. Esta guerra quitaba vidas, centenares de vidas, la vida de todo aquel dependía de un simple gatillo.


No sabíamos cuantos días estaríamos en alta mar, rodeados de agua, norte o sur, oeste o suroeste eso daba igual.

-Queda poco – decía un señor a un niño de nueve años.


Era su hijo y acurrucado junto a él sonreía. Su sonrisa daba fe a todas las personas de ese barco.


El sol se escondía de la noche y los últimos rayos que nos alumbraban desaparecían y empezaba aquello que nadie de nosotros nos imaginábamos. Todos dormíamos, sin fuerza alguna, guardando un poco de ésta para la hora de llegar a tierra.

-¡Tierra!, despertad, llegamos, llegamos- decía un hombre mientras sus lágrimas corrían sobre sus mejillas y alcanzaba su sonrisa.

-Por fin Papá, hemos llegado. ¿Crees que mamá estará ahí esperándonos?- dijo el niño.

-Sí, hijo. Sí… – le contestó el padre. Un silencio terminó esa conversación mientras la sonrisa del hombre se desvanecía.


Su reacción a la pregunta del niño solo significaba una cosa, que la madre ya no estaba entre nosotros y su alma estaba en la luna que nos alumbraba en aquella noche.

-¿Cómo se llama tu madre? – le pregunté al niño.

-Johari – me contestó.


Sonreí a ese niño tan inocente y que no sabía que su madre nunca estaría en aquella orilla, aunque siempre estaría en su corazón. Eso me hizo pensar en mi familia. No quería pensar en aquello, mi mente se preguntaba tantas cosas, pero la pregunta que más me aterrorizaba era: ¿estarán vivos? ¿Llegarán a la orilla en la que pisaría mis pies?


En aquel horizonte en el que por una vez en todo ese tiempo, no había solo agua, sino un acantilado y un muelle en el que luces azules se encendían y apagaban como la noche desaparece y llega el sol con el día. Sensación de paz y las emociones como la felicidad y tristeza o incertidumbre y esperanza.


El barco se acercó al muelle, en el que personas con uniformes llamativos se acercaban a ayudarnos. Esas luces azules deslumbrantes, cegaban los ojos de cualquiera que se acostumbra a la oscuridad de la noche y en aquellas luces estaba la respuesta de que estábamos en un nuevo hogar, pero para mí solo era una parte del rompecabezas, la otra
parte era mi familia.


Una chica con chaqueta y pantalones amarillo llamativo, ayudó al niño y su padre a bajar de la barca, y daba mantas para calentarnos. Les hizo una series de preguntas las mismas que su compañero me hizo a mí: ¿estás bien? ¿Cómo te llamas?, ¿Edad?…


Mientras, apuntaba mis respuestas en una hoja blanca, como el vestido de mi madre.


Mi madre, mi familia… Mis ojos se agrandaron pero no de felicidad, si no de angustia.

-¡Mi madre, mi familia, Andry!, ¿Dónde están? – preguntaba angustiada.

-¡Tranquila, respira hondo! ¿Andry es tu padre o abuelo? – me preguntó el chico de pantalones llamativos.

-No, es mi hermano – respondí.

-Vale, tranquila, miraré en la lista de la gente que ha llegado. Pero mientras tanto, come algo – me contestó.


Aquellas palabras me tranquilizaron un poco. No podía evitar mirar a mi alrededor: madres, padres, abuelos, hijos, daba igual quien fuera, lloraban y gritaban como almas perdidas en el gehena, o como se le llama aquí inframundo. Aquellos que ya solo estaban en cuerpo, eran cubiertos por un plástico dorado y plateado. Mi angustia aumentaba más. Sin respuesta, pasaban los segundos y no podía esperar más, ya había esperado días o semanas en mar abierto para llegar aquí y ver a mi familia.

Grité el nombre de mi hermano, el de mi madre e incluso el de mi abuelo. Llantos, y desesperación era lo único que oía, pero no la voz que me recordaba a mi hogar. Me rendí por un momento, caí de rodillas y lloraba de miedo y soledad. Toda esperanza se esfumó, como la sonrisa de aquel hombre que sabía que su mujer nunca volvería o la
espuma del mar que llegaba a la orilla y se esfumaba, mientras mi esperanza se apagaba.

Aquel chico de la lista se acercó a mí y me abrazó. Sentí que alguien me entendía aunque también entendía a todas las personas de allí y eso era confortable. Me dio un pañuelo, para que limpiara mis lágrimas mientras me confirmaba que no había ningún Andry.

Esas palabras fueron la clave para reafirmar mis temores. En ese momento entendía al niño de aquel barco que compartimos, sobre todo, cuando recibiera esa noticia. Pero en la profunda tristeza que sentía no imaginé que todo lo que estaba perdido se construiría como las semillas que nacen de ella una flor.


-¡Naina! ¡Naina! ¡Naina!. – oía gritar mi nombre desde lejos. Algo en mi interior resucitó como un campo de flores después de un día de lluvia. Levanté mi mirada del suelo y mientras miraba a mi alrededor oscuro, buscaba esa voz que me llamaba.

-¡Andry! ¡Mamá, abuelo! ¡Mamá eres tú! ¡Andry! – respondí a esa voz con desesperación.


Al horizonte de aquel muelle, estaba mi hermano, Andry. De mis ojos caían lágrimas de alegría al ver a mi hermano. Era la señal que esperaba desde que subí a esa barca. Corrí hacia él, estiraba sus brazos, supe que cuando nos abrazáramos, estaría en mi hogar. No quería separarme de aquel cálido abrazo, aunque tuviera un millón de preguntas, pero esperaría unos minutos más por sentirle y saber que estaba vivo.


El abrazo acabó y era hora de saber la verdad. Las palabras no salían y no quería saberlo todavía, no estaba preparada pero tenía que ser valiente.

-¿Dónde está mamá, Andry? ¿Y el abuelo, que pasó? ¡Cuéntame! – le pregunté.


Su silencio era la confirmación y el mayor temor.

-Lo siento, Naina – solo dijo eso, él también estaba igual que yo.

-¿Cómo paso? – insistí.

-Mamá no vino en el mismo barco que yo. Le dio su sitio, a una mujer que estaba embarazada y el abuelo tampoco pudo llegar con vida a esta orilla.


Mi madre, se quedó en esa guerra para salvar dos vidas. Ella era una heroína. Todo aquel que quedaba atrás nunca volvería, pero mi madre corrió ese riesgo, aunque nuestras últimas palabras fueron “volveremos a vernos, cariño, no tengas miedo, en aquella orilla que estés, estaré yo”. Tenía razón, ella estaba siempre aquí, era la luna. Sonreí hacia ella
y le dije con lágrimas recorriendo en mis mejillas “Te quiero mamá”.

Después de seis años de lo ocurrido, Andry y yo formamos nuestro nuevo hogar. Él ahora es médico y ayuda a personas que lo necesitan y han pasado por lo mismo que nosotros y yo, bueno, formé mi propia empresa para dar ayuda también aquellas personas que han perdido todo después de la guerra. Mi madre salvó a dos personas y ella es mi razón por la cual estamos aquí. Sé que su alma siempre está presente, mientras la luna brille.

Kilian Santana Delgado
Primero de Bachillerato de Ciencias
IES Feria del Atlántico

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