Pablito y la Aldea Prometida (Concurso cuento-redacción «Migración. Mar de oportunidades» del FECAM curso 2021/2022)

Érase una vez, en un pequeño prado, vivía una acogedora familia de conejitos. Se pasaban el día jugando y cuidando de su pequeña pero valiosa cosecha.

Un día, mientras Mamá conejito cocinaba un dulce pastel, Papá conejito y el pequeño Pablo jugaban al escondite, cuando escucharon que una fuerte tormenta se acercaba.

—¡Papáááá! —exclamó Pablito.

—Dime Pablo —dijo Papá conejo algo cansado.

—¿Qué es esa nube tan negra? —preguntó Pablito.

—Significa que va llover mucho. Vamos, entremos en casa, tengo ganas de comerme ese rico pastel que huele de maravilla. —respondió con tono apetitoso el padre.

—Mmmm, que bien huele el pastel, mami. —dijo Pablito.

—Pues espero que esté tan rico como huele. ¡Anda! Ayuda a tu padre a poner la mesa. —dijo Mamá conejito.

—¡Vale mami! —respondió Pablito.

La tormenta llegó hasta su madriguera, pero, gracias a los materiales de la misma, la madriguera estaba aguantando con gran facilidad.

Por fin, llegada la noche, Papá y Mamá conejito arroparon a Pablito, mientras le leían historias de dragones y brujos, que vivían en castillos repletos de monstruos y con grandes caballeros que defendían las tierras.

¡PAM! Sonó un ruido que provenía del salón de la madriguera.

—¿Qué ha sido eso? —exclamó Pablito, después de despertarse bruscamente por el ruido.

Mamá y Papá conejito se dirigieron al salón en busca de aquello que los hizo despertar.

—Parece que la ventana está rota. Iré a por la caja de herramientas. —dijo Papá conejito.

Después de largos y duros martillazos, Papá conejito logró solucionar brevemente el problema, pero al parecer la tormenta no iba a parar.

Hubo un fuerte vendaval que destruyó todo a su paso: rosas, margaritas, azucenas, incluso su preciado huerto, que, con más de una década de esfuerzo, habían logrado cultivar.

El sol salía por la ventana, aquella que Papá conejito había arreglado. Pero esta vez, no traía nada bueno. Al salir, solo encontraron un ambiente destructivo, no había nada…

Tuvieron que hacer las maletas y emprenderse en una aventura algo descabellada, cruzando las grandes selvas del lugar. Y aquello que conocían, ya no estaba, se había esfumado por completo. Su idea era llegar a lo que ellos denominaban la Aldea Prometida.

Por el camino iban recolectando frutos y bayas que se encontraban en los arbustos y en los pequeños árboles que podían alcanzar.

Más tarde, parecían distinguirse dos grandes siluetas a lo lejos. Al acercarse, pudieron comprobar que se trataba de una pareja de elefantes bastante grandes y fuertes.

—Buenas tardes —dijo el Señor Elefante con tono alegre.

—Buenas tardes —respondieron.

—¿Qué hacen dos grandes elefantes en la selva? —preguntó Pablito.

A lo que el Señor Elefante respondió:

—¿Y qué hace una familia de conejitos por aquí?

—Nos hemos quedado sin nada, debido a la tormenta —dijo Pablito con un tono algo triste.

—Oh, lo siento mucho — dijo la Señora Elefante.

Pablito algo curioso preguntó:

—¿Y vosotros? ¿Porqué estáis aquí?

—Fuimos arrasados por un grupo de cazadores furiosos con grandes fusiles en sus manos —respondió la Señora Elefante.

—¿Entonces os venís con nosotros? —preguntó Mamá conejito.

—Claro que sí —respondieron emocionados.

Siguieron su travesía durante frías noches y largos días sobreviviendo con lo poco que encontraban. Dormían todos juntos al resguardo de la incandescente luz de la hoguera, y se contaban historias de experiencias vividas en el pasado.

Ya se acercaban al final del camino cuando, de los arbustos, apareció un Tigre que dijo algo enfadado:

—¿Quien osa rondar por mi territorio?

—Perdone pero solo queremos cruzar este camino, no vamos a hacer nada más —respondió Papá conejito un poco asustado.

A lo que el tigre respondió:

—Si por mi camino os queréis meter, mi acertijo debéis de resolver. Dice así: ¿Dónde hay mares sin agua, costas sin arena, montes sin tierra y ciudades sin gente?

Todos se pusieron a pensar en la posible solución del acertijo, ya que debían resolverlo si querían llegar a la Aldea Prometida. Después de varias horas e intentos fallidos, a Mamá conejito se le ocurrió una buena posible solución al acertijo que había planteado el tigre.

—¡Ya sabemos la respuesta! —exclamó Mamá conejito.

—¿Con qué lo habéis resuelto? —preguntó el tigre con un tono burlón.

A lo que Mamá Conejito respondió:

— ¡Un mapa!

—Felicidades, lo habéis logrado, ahora como prometí podréis pasar. Pero antes de iros, aquí tenéis el mapa, que os guiará por la ruta más corta para llegar a vuestro destino —dijo el tigre.

– Gracias- respondieron entusiasmados.

Se despidieron del tigre y prosiguieron su largo viaje hacia la Aldea Prometida.

Ya, a lo lejos, parecía verse una gran estructura que se situaba en el medio de una meseta, tan alta, que sobrepasaba a nuestras amigas las nubes.

—¡Mirad! —exclamó Pablito entusiasmado.

—¡Vamos, estamos a punto de llegar! —dijo el Señor Elefante.

Aceleraron el paso hasta el punto en que un guepardo que pasaba por allí se quedó asombrado de tal rapidez.

—¡Mirad, hemos llegado! —dijo Pablito mientras daba saltos de un lado a otro.

Delante de ellos se abrían poco a poco unas puertas muy grandes y una jirafa que asomaba su cabeza por allí.

Los acogió un pingüino que resultaba ser el más sabio de la aldea. Les enseñó cómo era la tan ansiada y deseada Aldea Prometida y lo que tendrían que hacer para, entre todos, poder hacer de ese lugar un hogar próspero y seguro.

Más tarde, la familia de conejitos se asentó en una madriguera bastante acogedora, con un huerto bastante grande y una cocina suficientemente limpia y ordenada como para preparar platos exquisitos para toda la aldea.

A la noche, en el gran festival, Mamá conejito, preparó uno de sus grandes pasteles para todos como muestra de bienvenida.

Todos bailaron, comieron, y disfrutaron de su nuevo hogar en la Aldea Prometida.

Pablo hizo nuevos amigos con los que poder seguir jugando aquella partida al escondite que no pudieron terminar ni él ni su padre.

Y así es como de una historia trágica y espeluznante, la familia conejito supo convertirla en una historia con su propio final feliz. La solidaridad de los animales creó para la familia conejito y los elefantes un mar de oportunidades en una nueva vida llena de concordia y amistad.

Un final, en el que fueron felices y comieron perdices, para siempre.

Gabriel Figueira Suárez

1º Bachillerato Ciencias

IES Feria del Atlántico

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