Recuerdos (Concurso cuento-redacción «Migración. Mar de oportunidades» del FECAM curso 2021/2022)

Como todas las tardes de verano, Ana se encontraba jugando con sus muñecas en la sala de estar junto a su abuela que tejía una colorida bufanda de color roja, verde y azul. Al levantar la mirada, esta se percató de una fotografía antigua y muy dañada, colgada en un cuadro al lado de la chimenea.


—¿Abuela, quienes son aquellas dos niñas que aparecen en esa fotografía? — preguntó la niña con curiosidad.


—Jajajaja, esa es una muy buena pregunta, cariño— dijo la señora entre carcajadas.


Sin embargo, Ana no le encontraba la gracia a la situación, es más, todavía seguía sin saber quiénes eran esas niñas.


—Aunque no lo creas, esa niña soy yo cuando era pequeña— dijo la anciana señalando a la que estaba situada a la izquierda.


Ana estaba perpleja, no esperaba que esa pequeña niña con dos trenzas y una dulce sonrisa pudiera llegar a ser su abuela; es más, nunca se había parado a pensar que su abuela, hacía muchísimos años, había sido una niña al igual que ella ahora.


—¿Y quién es la otra niña de al lado? —insistió Ana con mucha curiosidad.


Su abuela le contestó que era su queridísima amiga Angelika, a la cual llevaba sin ver desde que las dos eran muy pequeñas.


—¿Y por qué? — dijo la niña antes de que pudiera seguir.


—Es una larga historia, la verdad— le contestó su abuela.


La abuelita, viendo el interés que mostraba su nieta, comenzó a relatar la historia. Hace mucho, mucho tiempo, estalló la guerra en Alemania, y era muy peligroso vivir allí. Nadie podía salir del país; sin embargo, mi familia por suerte consiguió escapar con la ayuda de unos conocidos que tenían en la frontera y acabaron refugiándose en España, en casa de unos familiares lejanos. Todo pasó muy deprisa, así que no pudimos despedirnos de nuestros amigos, especialmente lo que más me dolió fue no poder despedirme de mi mejor amiga Angelika. Por suerte, pude
coger esta fotografía y un osito de peluche que compartía con ella.


—Pero abuela, ¿qué pasó, no se volvieron a ver nunca más? —preguntó Ana con incertidumbre.


—Te dije que era una historia muy larga, solo estoy comenzando—dijo divertida la anciana.


Cuando llegamos a este país tuvimos que mantenernos escondidos para que no se dieran cuenta de que éramos alemanes y para que nadie nos pudiera delatar. Pasamos alrededor de un año y medio escondidos en el sótano de la casa de nuestros parientes. Ellos nos cuidaban con esmero, nos traían comida y nos enseñaron español. En general, no pasamos una desagradable estancia. Mi hermano jugaba conmigo y mi familia intentaba evadir la situación que estábamos viviendo.

Lo más duro sin duda fue recordar lo felices que éramos antes. Por lo menos tenía esa foto con Angelika que me recordaba los buenos momentos: siempre jugábamos con nuestras muñecas, saltábamos en el parque y dábamos extensos paseos compartiendo nuestros más profundos sueños. Angelika quería ser médico y yo, escritora. Siempre imaginábamos historias y nos divertíamos mucho. Eran cuentos de gigantes que raptaban a preciosas princesas que eran rescatadas por príncipes apuestos y amorosos; o bosques que cobraban vida por la noche y las hadas cantarinas salían a iluminar con sus juegos la oscuridad profunda que cubría el lugar.


— ¡Qué bonito! — dijo la niña muy emocionada.


En España, prosiguió la abuela, lo pasamos muy mal principio porque, aunque sabíamos algo de español, no podíamos expresarnos muy bien. No pudimos ir al colegio porque estábamos escondidos, pero no dejamos de aprender con ayuda de nuestros mayores.


Con los años y ya acabando la guerra, empezamos a hacer una vida normal. Mis padres consiguieron trabajo; mi madre como costurera y mi padre como vendedor en un mercado. Consiguieron comprar una casa y vivimos durante largo tiempo como una familia normal. Sin embargo, siempre extrañamos nuestro país.


Un día decidí buscar la forma de volver a contactar con mis amigos, especialmente, con Angelika. Tras meses de búsqueda encontré una dirección para enviarle una carta y saber cómo estaba. Mi hermano también escribió a dos de sus amigos y sus padres contactaron a su vez con unos familiares que seguían viviendo allí; por último, intentaron contactar con Angelika. Con el paso de los meses fueron recibiendo respuestas de todos, excepto de ella.


—¿Y qué pasó? No la localizaron ¿verdad? —dijo Ana entristecida.


—Pues no — contestó la abuelita algo disgustada.


Tras más de un año de espera, un día, de repente, recibimos una carta. Pensaba que era una carta para mi madre, pero cuando vi quién era el remitente me di cuenta de que era Angelika. No me lo podía creer, corriendo empecé a leerla.
En la apreciada carta me contaba cómo le habían ido las cosas a lo largo de los años y lo mucho que sufrió al no poder despedirnos. También me aclaró que no había contestado antes porque poco después de que nos fuéramos, su familia también se mudó de ciudad.


—Estarías muy contenta de poder hablar otra vez con tu amiga — comentó la niña.


—¡Muchísimo! Fue sin duda uno de los mejores días de mi vida. Pero aún queda la mejor parte—dijo entusiasmada la abuela.


Seguimos hablando durante unos cuantos meses más. Cada dos semanas recibía la respuesta de las cartas que yo le enviaba. Hasta que un día Angelika me propuso un encuentro en el lugar en el que nos habíamos criado. Yo estaba entusiasmada. Me imaginaba cómo sería el encuentro: volver a compartir nuestras experiencias, abrazarnos y sentarnos juntas al cobijo de los árboles y, sobre todo, volver a nuestro lugar natal. Aquel lugar me traía recuerdos muy gratos. Todavía siento el frescor de la brisa, las caricias del aire, el olor de los jazmines… ¡Qué recuerdos!


— ¿Y qué hiciste, abuelita? —preguntó la ñina con emoción.


Pues empecé a hacer las maletas rápidamente. No lo dudé ni un solo momento. Solamente quería verla y sentir el calor de mi tierra.


Hice un largo viaje y, al llegar, me volvía a sentir en casa. Vi caer los suaves copos de nieves y sentí el frío en mi piel. Vi la inmesa arboleda y las casitas de alrededor. Parecía que nada había cambiado. Era como la imagen que recordaba en mi mente de niña. Siempre me gustó mi casa, mi tierra. Nunca pude olvidarla.


Pero lo mejor fue el momento en el que me encontré con Angelika. Me parecía que seguía igual. Tenía el pelo canoso recogido con un moño y una peineta. Algunas arrugas se marcaban en sus ojos, probablemente fruto del sufrimiento y del cansancio. Vestía una falda marrón, una camisa blanca y un abrigo azul. Llevaba un bolsito pequeño de color rojo y unas botas negras. Y en su semblante se reflejaba una sonrisa amable y tierna. Nuestras miradas se encontraron y avanzamos lentamente para fundirnos en un cálido abrazo que duró unos minutos. Nuestras lágrimas caían sin cesar y nuestros corazones latían fuertemente. Fue casi como un sueño.


—¿Y tienes imágenes de ese encuentro? —dijo Ana.


—Si muchísimas, están en el álbum que está en la cómoda — dijo la señora.


Ana se levantó y cogió el álbum y se lo entregó a su abuela. Ella lo abrió y buscó entre las páginas.


—Mira aquí están — dijo mientras se las mostraba.


—¡Qué cambiadas estáis ahí! — dijo la niña.


—Sí, querida, nieta, nos hemos hecho mayores. El tiempo pasa y pasa, pero lo más importante es que nuestro interior sigue siendo el mismo — dijo la abuela.


— ¿Y dónde está Angelika ahora? — preguntó Ana.


La abuela, con algo de tristeza en su mirada, le dijo a Ana que había fallecido poco después de aquel encuentro. Por eso para ella había sido muy especial. También le explicó a su nieta que muchas personas deben salir de su país por guerras, hambrunas y problemas. Que muchos familiares no logran verse jamás tras la separación, pero que ella y Angelika fueron muy afortunadas porque pudieron disfrutar del calor de antaño, pudieron volver a compartir historias e incluso algún que otro cuento; y, sobre todo, pudieron darse el cálido abrazo que en su infancia no pudieron darse al tener que huir de la guerra.


FIN

Andrea Domínguez Espino
Primero de Bachillerato de Ciencias
IES Feria del Atlántico

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