Un velero hacia aguas salvajes (Concurso cuento-redacción «Migración. Mar de oportunidades» del FECAM curso 2021/2022)

Un día nublado en el Atlántico, se hallaba una pequeña lancha con más de treinta personas, incluidos menores, en busca de un mejor futuro. En ella, se encontraba Malik, un niño de trece años al que sus padres le habían dado todo lo que tenían para que él pudiera escapar de la horrible guerra que sufría su pueblo. Allí sentado, delante de decenas de personas en su misma situación, Malik se sintió respaldado, como si su problema en aquella atmósfera fuera algo común.


Malik era un niño callado que no necesitaba verbalizar para expresar sus sentimientos, es más, para él su mundo interior era su refugio, en el que soñaba con estar con su familia en España o como el había escuchado «LA GRAN ISLA
PRIVILEGIADA». Cierto era que Malik no tenía grandes dotes en geografía puesto que esa «gran isla» era, en realidad, una península y respecto a lo de privilegiada… Malik no se llevaría la mejor impresión. Luego de estar fantaseando
tanto rato, Malik despertó de su sueño profundo y vio una gran embarcación roja al lado de la lancha, los guardacostas estaban preparados para rescatarlos y llevarlos a puerto. Sin embargo, cuando llegaron a tierra, Malik hubiera deseado que todo fuera diferente. Todo a su alrededor era un clima parecido al que se desarrollaba en la guerra que él había experimentado días atrás, gente agonizando, personas chillando, llorando… Malik comprendió que no había llegado a su destino deseado. Pero no tuvo mucho tiempo para ubicarse porque, poco después, sintió un empujón fuerte que lo salvó de ser visto por un policía y solo pudo dejarse llevar por esa fuerza que tiraba de él. Cuando por fin tuvo a su captor delante y estaban escondidos detrás de un montón de viejas ruedas de caucho, Malik descubrió a una niña de ojos azabaches y mirada profunda; enseguida la reconoció, junto a ella se habían encargado, durante el trayecto, de los niños de la patera ya que ellos eran «mayores» aunque solo tenían 13 y 14
años.


Malik fue a abrir la boca para preguntarle por qué lo había llevado hasta allí y con qué propósito, pero eso no fue necesario porque velozmente sus sentidos captaron camiones de guerra, barullo lejano y esas reverberaciones de objetos metálicos que él conocía muy bien, comúnmente conocidas como balas. Se percató, rápidamente, de lo que se trataba, gracias a la descripción de su compañera de escondite, Aisha. Ésta le contó que no podían ser vistos porque
la policía corrupta de la zona tenía contados a todos los nuevos inmigrantes que venían para no dejarlos entrar en el país y capturarlos para su banda; por ello, tenían que llegar hasta el otro lado de las vallas y contactar con la “gente buena”, es decir, las campañas de refugiados. Estuvieron observando un rato los turnos de los guardias para saber cómo rotaban de posición. Cuando lo tuvieron claro, ambos se cogieron de la mano, empezaron a correr y no miraron atrás. El trayecto consistía en treinta metros llenos de odio, racismo, violencia y muerte originados por seres despiadados y sin almas que no se lo pensaban dos veces antes de apretar el gatillo. Una vez se echaron a correr unidos de la mano, Malik no se permitió el lujo de centrarse en nada más que no fuera luchar por su vida, corrió y corrió hasta que, cuando estaban a punto de recorrer esa puerta que los llevaría hacia el mismísimo cielo, sintió un fuerte tirón de su mano. Era Aisha, se había resbalado con una piedra del camino. Malik fue a dar la vuelta para rescatarla cuando, de pronto, alguien tiró de su camiseta y lo metió dentro del otro lado de la valla sin consultar. Malik intentó revolverse para ir a salvar a su amiga, pero todo el esfuerzo fue en vano porque no consiguió escapar. Cuando
por fin pudo vislumbrar el lugar donde había dejado a Aisha, encontró la escena que se convertiría en protagonista de sus pesadillas, un comandante dijo:


-¡Malditos inútiles! tendríais que haber atrapado al chico. Esta nenaza herida no nos sirve de nada.


Un soldado respondió lo siguiente:


-Mi comandante, no nos dio tiempo señor, ese crío iba muy deprisa. ¿Qué hacemos con ella?


El comandante anunció firmemente las siguientes palabras:


-¡Matadla! Una mujer no daría la talla para este equipo de soldados.


Malik cerró los ojos y cuando los volvió abrir vio a su amiga siendo arrastrada y un charco de sangre que la perseguía. En ese momento Malik intentó trepar la valla que lo separaba gritando:


-¡Ella no merecía morir! ¡Ella fue quién me salvó a mí!


El mismo hombre que le había empujado hacia el otro lado de la valla lo cogió y lo bajó al suelo diciéndole que no perdiera más el tiempo, porque esa chica estaba muerta.

En ese momento Malik comenzó a llorar mirando al cielo y a chillar pronunciando lo siguiente:


-¡No es justo Dios mío! ¿Por qué no hiciste que yo tropezara en vez de ella? De esa forma habríamos sobrevivido los dos.


En ese momento, reporteros que se encontraban allí para informar de todo lo que pasaba en la frontera, se habían percatado de lo sucedido y habían recopilado todo. En ese instante, un reportero se acercó al chico y dijo:


-Es una pena que resbalara, que mala suerte.


Malik se revolvió, anonadado con las palabras que ese hombre acaba de pronunciar y verbalizó por primera vez en su vida lo que sentía:


-Esto no es cuestión de suerte, esto es la podrida realidad en la que nos encontramos, en la que una persona ha sido asesinada solo por su género. ¡La caída no es la causa de su muerte no, la única causa responsable que hay es la mentalidad que sostiene que una mujer no puede hacer lo mismo que un hombre!


El reportero quedó mudo con la repuesta de Malik, ya que el país del que provenía se consideraba más atrasado en este tipo de cuestiones. Un poco más despierto, el cámara había captado todas y cada unas de las palabras de Malik
que más tarde fueron enviadas a los medios de televisión para ser difundidas por todas las cadenas internacionales. El mundo quedó impactado ante esas palabras.


Veinte años más tarde, Malik había formado una familia preciosa con una maravillosa mujer que conoció en el plan de refugiados y que lo acompañó durante todo el proceso de buscar trabajo, encontrar casa, pero, sobre todo, lo apoyó a superar la muerte de sus padres que le habían comunicado dos años después, cuando su ciudad había quedado totalmente destruida. Habían tenido dos hermosas hijas a las que Malik jamás ocultó sus orígenes y que, por supuesto, conocían la historia de Aisha. Malik tenía una vida ideal pero jamás se olvidaría de Aisha. Con el tiempo, aprendió que debía luchar por las injusticias y empezó un largo camino por todo el mundo dando visibilidad a su experiencia y pidiendo al mundo una sociedad sin machismo y con libertad e igualdad de derechos para todos sus individuos.

Finalmente, le fue otorgado el Premio Nobel de la Paz y en la entrevista sentenció:


-Todo lo que inculcamos en esta sociedad tiene una consecuencia, lamentablemente yo no puedo devolver a Aisha a la vida, pero entre todos si podemos conseguir que esto no ocurra de nuevo. Como padre y como persona me gustaría que entre todos creáramos un mundo en el que las personas no tengamos que ser juzgadas por nuestro aspecto, raza, religión, ideología o género. Somos seres humanos y, por lo tanto, deberíamos tener derecho a ser respetados y, sobre todo, a ser tratados de igual manera sin ningún tipo de diferencia. Para esto hay que luchar, pero estoy seguro de que juntos podemos lograrlo. Estoy muy contento de haber recibido este premio, pero más aún por la visibilidad que se le está dando a mis palabras. Desde aquí apelo a todas las personas que están en sus hogares, a que salgan a la calle y luchen no solo por sus derechos sino por los derechos comunes que harán de ésta, una sociedad de provecho.

Irene del Pilar Pérez Medina
Primero de Bachillerato de Ciencias
IES Feria del Atlántico

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