Un viaje a lo más alto (Concurso cuento-redacción «Migración. Mar de oportunidades» del FECAM curso 2021/2022)

Érase una vez un niño gigante llamado Pablo que vivía en un pueblo muy peculiar llamado Wizard. Pablo vivía allí desde los tres años con su papá llamado Roberto y su mamá llamada Firmina, en una casa blanca y verde muy bonita cuando, de repente, un día cualquiera, unos vándalos entraron y mataron a la familia del chico. Pablo se quedó solo con quince años. Nunca salía de casa por miedo a que lo atacaran y porque sabía que era diferente a los demás Temía que lo discriminaran por su gran altura. Su secreto sólo lo había compartido con su amigo Juan que, curiosamente, también era muy alto. Todos se reían de él, lo llamaban “Juan, el gigante”.


Todas las tardes, quedaban en casa para jugar. Su juego favorito era el baloncesto porque podían saltar sintiéndose libres y correr con un balón en las manos.


Una tarde de caluroso verano, mientras Juan y Pablo estaban jugando al baloncesto, vieron que una señora los miraba de manera muy rara, pero no se ocultaron porque estaban muy entretenidos y continuaron elevándose a las alturas tranquilamente. Sin embargo, lo que ellos no sabían es que estaban siendo vigilados por la PNW (Policía Nacional de Wizard), que era la encargada de exterminar a todas las personas que superasen la altura media por motivos gubernamentales que se desconocen hoy en día. Precisamente, los padres de Pablo habían sido asesinados por este motivo, por ser gigantes del pueblo.


Al siguiente día Juan y Pablo volvieron a quedar otra vez para jugar al baloncesto, pero se llevaron una gran sorpresa cuando vieron a mucha gente acercarse a curiosear. En ese momento, Juan le preguntó a Pablo:

-¿Por qué nos mira tanta gente? ¿Crees que corremos peligro?

-No lo sé, – dijo Pablo, preocupado. Quizás deberíamos seguir jugando porque les gusta.

Así, continuaron jugando sin saber que un escuadrón de la PNW los espiaba sigilosamente para confirmar la existencia de gigantes.


Al día siguiente, desayunaron y se pusieron a realizar las tareas matutinas de trabajo en el campo. El sol brillaba con fuerza. Y, cuando acabaron, decidieron irse a un lugar más apartado para continuar jugando a su deporte favorito.
Pero un escuadrón de la PNW se presentó, de manera repentina, para confirmar la existencia de gigantes. El escuadrón pasó un buen rato camuflado bajo la maleza, espiando a los dos muchachos que se divertían con grandes carcajadas
sin pensar en lo que realmente estaba ocurriendo.


Dos policías vestidos de negro y con gafas oscuras se dirigieron hacia ellos con actitud prepotente. Pero Juan y Pablo se echaron a correr. A pesar de que corrieron y corrieron con todas sus ganas y fuerzas ya, exhaustos, tuvieron que
parar. Tenían mucha sed y estaban muy cansados. Se sentían muy mal. La angustia y el miedo se reflejabas en sus ojos oscuros de Coca Cola. Pero los policías cogieron un atajo y los detuvieron. Los llevaron a unas mazmorras oscuras, donde no entraba la luz del sol. El agua goteaba sin cesar y estaba todo muy húmedo. El olor resultaba muy desagradable, parecía que algo se había podrido en su interior. Los policías les dijeron que morirían allí dentro por su gran tamaño. No querían a gigantes en la zona. Y que arrasarían con todos los que se encontraran.


Los jóvenes estaban muy asustados y tenían frío. Empezaron a gritar pidiendo ayuda, pero nadie podía escucharlos. Pablo empezó a palpar las paredes agrietadas y pudo vislumbrar un pequeño agujero por el que entraba una tenue
luz brillante. Llamó a Juan inmediatamente y se pusieron a excavar con sus manos la tierra húmeda. Les llevó horas conseguir aumentar el tamaño del agujero. Pero no era suficiente. No podían salir. Entonces, aprovecharon sus
largas piernas y se pusieron a golpear sin tino la pared hasta que pudieron derribarla.


Salieron corriendo con las escasas fuerzas que les quedaban. Sabían que tenían que huir de allí, del país. Lograron llegar a la costa, desde donde se divisaba una pequeña isla en la que quizás podrían vivir a salvo. Se pensaron mil veces echarse a nadar, valoraron las ventajas o la posibilidad de morir. Pero empezaron a escuchar las sirenas de la policía que se acercaba rápidamente. Ya no podían pensar más. Era cuestión de vida o muerte. Así que se sumergieron en las gélidas aguas de la noche y nadaron, nadaron con sus largos brazos y largas piernas. Cuando ya pensaron que no llegaban y vieron a la muerte cara a cara, alguien los subió a una barcaza y los rescató del mar. Habían llegado a la isla de Fuerteventura. Estaban a salvo.


Enseguida les proporcionaron mantas y comida. Pablo y Juan no podían articular una palabra. Estaban exhaustos de tanto nadar. Pablo perdió el conocimiento y cuando abrió los ojos se encontró en una sala en la que la amable cara de una joven le sonreía y le decía:

-¿Te encuentras mejor, Pablo?

-¿Cómo sabe mi nombre? -contestó él.


Entonces se acercó Juan rápidamente y empezó a saludar a su amigo entusiasmado. Le contaba, con mucha alegría, que había visto en un aparato, llamado televisor, que había muchos como ellos, muchas personas de gran estatura y que se dedicaban a jugar al baloncesto y eran muy admirados por los demás.


Una vez instalados en un centro, los dos amigos volvieron a jugar. Jugaban en la calle, en los parques. Se hicieron muy conocidos por el barrio. Ahora tenían un sueño: jugar en la NBA. Ahora tenían una oportunidad en el mar de oportunidades que es la vida.


FIN

Samuel González Chinea

1 BACH CIENCIAS

IES Feria del Atlántico

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