Vía de escape (Concurso cuento-redacción «Migración. Mar de oportunidades» del FECAM curso 2021/2022)

Érase una vez una mujer llamada Leticia que vivía en la casa de sus padres en un pueblo pequeño que estaba al sur de Francia. Se podría decir que la chica que tenía 17 años siempre era feliz con su familia y con la gente que la rodeaba. Su madre trabajaba en una gasolinera, ya que el pueblo era muy lejano y para llegar a éste había que invertir mucho tiempo de trayecto; en cambio, su padre trabajaba en una pastelería que era la más famosa del pueblo y a la cual acudían casi todos los turistas. La joven iba al instituto y era siempre una joven excelente. Los profesores siempre la admiraban y sus padres estaban muy orgullosos de ella. Solía ser una niña tímida porque le costaba hacer amigos, pero eso no le impedía hacer las cosas que ella quería y las que tanto anhelaba.

El día 15 de marzo cumplió años Leticia y reunió a su familia para mostrarle su agradecimiento por haberla cuidado con tanto esmero, por haberle ofrecido una bonita infancia y por el vínculo que habían tenido los tres durante todo ese tiempo. Leticia cumplía ya los 18 años, ya se hacía una mujer. Los padres escucharon atentamente a su hija y la envolvieron en abrazos y mimos, muy orgullosos de ella.

Ese año eran las fiestas del pueblo cuya celebración se realizaba cada cuatro años. El pueblo entero lo festejaba y lo hacía a lo grande. Una semana antes de las fiestas, la gente ya tenía preparado todo, las casas las decoraban con
bonitas guirnaldas, luces de colores, estrellas…

Los padres de Leticia estaban bastante ocupados con sus trabajos, pero Leticia, como de costumbre, los ayudaba durante todo el periodo festivo. Ella se lo pasaba genial haciendo encargos y observando a las personas disfrutar
de los pasteles y dulces que vendían en el local.

Este pueblo era bastante conocido porque venía mucha gente de muchos países para ver cómo se iluminaban las pequeñas casitas, sobre todo, en la noche estrellada.

Cuando llegó el día especial, Leticia se sentía muy nerviosa porque quería que todo saliera bien. Estaba muy emocionada. Faltaban horas para que se inauguraran las fiestas, cuando empezó a escuchar ruidos de disparos. Era un
grupo de terroristas que se habían hecho pasar por turistas y que arremetieron contra todo el poblado, saqueando las tienditas y disparando hacia el cielo.

Leticia estaba en la casa con sus padres que se estaban arreglando para la fiesta. Ellos gritaron a la joven:

-¡Sal hija, corre!

-No puedo dejarlos aquí sabiendo que esto está pasado en el pueblo. ¿Qué hay de la gente que está allí afuera? – contestó Leticia.

-¡No puedes estar aquí, salva tu vida! -le advirtió su padre.

-Hija por favor haznos caso, queremos lo mejor para ti, – señaló su madre.


Seguidamente la hija los abrazó y se echó a llorar. Al cabo de un par de segundos, salió por el patio que tenía por la parte de atrás de su casa y se echó a correr. Cuando ya había dejado el pueblo muy atrás, ella se tranquilizó. No podía creer todo lo que había pasado en menos de una hora.

Al cabo de un rato, le dolían mucho los pies y se sentía mal consigo misma por haber dejado a sus padres allí sabiendo que corrían peligro en aquel que fue su pueblito de la infancia.

Cerca de allí se sentó en un banco donde se situaba la parada de guagua. De repente observó cómo se detenía un coche frente a ella y se quedó impactada. Sintió miedo, escalofríos. ¿Quién sería? ¿Podría ser un terrorista? La angustia
la inundaba de la cabeza a los pies. Una voz solemne dijo:

-Buenas noches, señorita. Veo que no tiene un aspecto muy bueno y que está cansada. Sé que seguro le doy miedo porque pensará que le voy a hacer daño, pero, al contrario, de camino al pueblo porque tenía que realizar un encargo, me he dado cuenta de que algo raro estaba ocurriendo y he decidido regresar. A lo que Leticia contestó:

-Buenas noches, la verdad es que estoy muy asustada. No puedo fiarme de nadie. Estaba en casa y empezaron a escucharse disparos y gritos y muchos llantos y… A lo que el señor replicó:

-Tranquila, tranquila… Está muy asustada. La puedo llevar a un sitio seguro hasta que las autoridades den el aviso de que todo está controlado. Ella dijo:

-Lo siento, no puedo ir con desconocidos. Esperaré aquí. No puedo abandonar a mi familia. Muchas gracias por su interés.

-Está bien – contestó el caballero amablemente. Leticia, algo inquieta e intrigada, le preguntó:

-¿Y cómo sé que puedo confiar en usted?

-Podríamos empezar porque trabajo para una familia con dinero y soy una persona fiel y sincera. De verdad que esto parece una escena muy rara incluso para mí lo es, pero hágame caso y súbase que no puede dormir ahí con el frío que hace, – dijo el señor con interés.

-¡Está bien! – replicó Leticia.

-Me llamo Juan – dijo el señor con una voz dulce.

-Muchas gracias, Juan, -contestó Leticia.


Cuando entró al coche, de repente sintió un calor que le invadía el cuerpo debido a la calefacción. Se sintió muy a gusto y con el paso del tiempo se quedó dormida en el asiento.

Al día siguiente, se despertó en una habitación grande con vistas a la piscina y cayó en la conclusión de que estaba en otra casa, pero sobre todo se dio cuenta que el señor no la había mentido. Después de asearse, se encontró con un chico que estaba desayunando y al otro lado otro chico que estaba con el móvil. Ellos la saludaron y empezaron a hablar con ella de lo que había sucedido. No podía creerse que estaba en otra casa y que esos chicos supieran todo lo que había pasado. A continuación, ella desayunó y se despidió de los chicos. Se estaba oscureciendo el día y sabía que tenía que hablar con Juan. Primero, para mostrarle su agradecimiento por lo que había hecho por ella y segundo, para decirle que ella no podía quedarse más ahí. E salió del cuarto y se encontró a Juan y lo saludó:

-Hola Juan, buenas noches.

-¡Ohhh! Hola, Leticia, justo quería hablar contigo de un tema muy importante, -contestó él.

Ella se quedó aturdida cuando escuchó como Juan le relataba que había escuchado que Toni, el dueño de la pastelería, y su esposa había fallecido junto a su mujer en el tiroteo. Leticia empezó a llorar hasta que sus lágrimas se dieron por vencidas. Pero antes de que el señor cerrara la puerta, ella le pidió:

-¿Podrías llevarme al aeropuerto mañana? Quiero irme de aquí, necesito despejarme y comenzar una nueva vida. A lo que él, respondió:

-Me parece bien. Mañana a las 7:00 am, la limpiadora te preparará ropa que tiene de tu talla, te daremos dinero y comida y te llevaré al aeropuerto.


Llegó el día de la marcha. Leticia se despidió de Juan, agradeciéndole todo y diciéndole que estaría bien. Pasó el tiempo hasta que llegó a Barcelona.

Después de un año, Leticia ya vivía en una casa de un chico al que había conocido en el avión. Se habían enamorado y los padres del chico habían permitido que ella viviera con ellos.

Leticia nunca pudo imaginarse lo que le había pasado. Siempre desde chiquitita tenía todo y no le faltaba de nada. Pero sufrió lo difícil que es, de repente, tener que abandonarlo todo, sufrir la muerte de los seres queridos en cuestión de segundos, vivir el miedo y la angustia de una muerte cercana. Ella, hoy en día, cuenta su historia a sus nietos explicándoles que las personas a veces no son capaces de darse cuenta de las cosas que tienen cuando todo va
bien; que hay que disfrutar de cada momento; y de que existe el lado más oscuro y maligno de los seres humanos, pero, también, el lado más solidario, la mano que se tiende ante el que lo necesita. Así encontró a Juan, al que
siempre recordaría con cariño por su atención, generosidad y ayuda. Y, por supuesto, no olvidaría a sus padres a los que siempre amó y amará.

Valeria Pérez Alonso
Primero de Bachillerato de Humanidades
IES Feria del Atlántico

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